La Pascua y la Cuaresma son tiempos de espera y preparación para poder vivir con intensidad y asimilar los principales misterios de la religión católica. Y el desierto, como tiempo dedicado en exclusiva a la oración y a la meditación, supone un abandono en el silencio como puerta hacia el autoconocimiento y el acercamiento a Dios, a su Palabra, ya que esta se despliega con mayor eficacia en la intimidad callada de la reflexión, para dejarnos invadir por el amor infinito de Dios. La realidad cotidiana está impregnada del ruido y del estrés de la vida moderna, que nos apartan de lo realmente importante, de lo que verdaderamente puede constituir una base segura y acogedora de nuestra existencia, como personas individuales y como comunidad. Al encontrarnos a nosotros mismo y a Dios en nuestro interior, entenderemos que una vida enfocada y comprometida con nuestro prójimo, con los otros que tengo a mi lado, a partir del ejemplo de la misericordia divina, es lo que de forma definitiva nos llevará a superar todas las dudas y los obstáculos que tengamos que enfrentar.