Para Diego Fusaro un pernicioso proceso de desacralización se manifiestó de forma muy preocupante en el pontificado de Francisco y en su intento de asimilar la civilización del consumo, interiorizando su vocabulario y cosmovisión, aunque sea bajo una apariencia progresista. Así como la perestroika propuesta por Mijaíl Gorbachov para «modernizar» el comunismo condujo a su disolución en el capitalismo, la modernización a la que se opuso Joseph Ratzinger y que defendió Bergoglio llevaba al cristianismo no a la supervivencia, sino a la disolución. El fin del cristianismo es, a la vez, una acusación filosófica contra la fe «líquida» y de bajo coste, y una invitación a redescubrir el mensaje de Pier Paolo Pasolini, según el cual «la oposición al nuevo poder solo puede ser una oposición de carácter religioso».