La Virgen María es la Madre de Dios y de todos los discípulos de su Hijo, esto es, de todos nosotros, por eso hay que dejar de pensar que es una figura ajena y alejada de nuestra humanidad por su extrema perfección espiritual. Lo que no propone Comabella es recordar que María era una mujer sencilla y profundamente creyente, que pese a los problemas que ello podría acarrearle, decidió seguir a Dios hasta el final.