En la era de la Inteligencia Artificial, saber más no es suficiente, hay que aprender a mirar de otra manera.En 1973, el economista Burton Malkiel sugirió que un «mono lanzando dardos» para seleccionar acciones podría tener un rendimiento tan bueno como el de los expertos en inversiones. No era una falaz boutade; era una advertencia sobre los límites de la predicción en sistemas complejos. Vivimos rodeados de datos, modelos, algoritmos y explicaciones. Nunca hemos sabido tanto. Y, sin embargo, pocas veces ha parecido tan difícil entender algo de verdad. Un mundo donde las causas se enredan, las soluciones generan problemas nuevos y la inteligencia artificial no elimina la incertidumbre, sino que la reorganiza. La ciencia de la complejidad lleva décadas demostrando que los grandes sistemas ùsociales, ecológicos, económicos, cognitivosù no se comportan como máquinas que se pueden desmontar y reparar pieza a pieza. Sus componentes interactúan, se retroalimentan y generan consecuencias que nadie planeó ni habría podido prever. Entenderlos exige algo más que una disciplina o u