«Mi presencia entre ustedes quiere ser un
gesto de cercanía hacia España, en el
marco de la mutua cooperación, y una
palabra ofrecida desde el servicio a la
persona humana. La Iglesia camina con la
humanidad, comparte sus esperanzas y
sus heridas, escucha los interrogantes de
cada época y se deja interpelar por todo lo
que concierne a la existencia de los
hombres y las mujeres de hoy. Por eso,
cuando se dirige a la vida pública, lo hace
respetando la misión propia de las
instituciones y la legítima responsabilidad
de quienes han recibido el mandato de
legislar. Reconoce la autonomía de las
realidades terrenas y la distinción entre
comunidad eclesial y comunidad política;
y, precisamente desde esa conciencia,
aporta una reflexión nacida del deseo de
servir al bien común y de recordar aquello
que hace verdaderamente humana la
convivencia».