Lo frágil es precioso pero delicado. Así es el ser humano, capaz de profunda nobleza y vil destrucción. El proceso hacia su interioridad para descubrir el sentido de la vida es una peregrinación que tiene básicamente dos caminos. Uno se fija en los ideales y los compara con su propia realidad, con el peligro patente de caer en una constante frustración, ya que resulta una meta inalcanzable. Otro comienza con la aceptación de su propia realidad, confía en la fuerza de Dios y se compromete con los sueños de Jesús. Este segundo camino es novedoso hasta para el mismo peregrino, porque se deja guiar por los signos que Dios le va presentando al caminar.