La fraternidad está en horas bajas. O eso es lo que podría
parecer al mirar las muchas actitudes de descarte, individualismo,
odio y violencia que ya predominan en nuestras
sociedades. Pero no todo está perdido. El encuentro con
el otro no solo aún es posible, sino que es imprescindible
para la pervivencia del ser humano. Y aún es más necesaria
la forma suprema del encuentro: la relación con el Otro,
con la Trascendencia.
En la Iglesia esta fraternidad adquiere una fuerza extraordinaria.
Así lo entendió de manera admirable la comunidad
primitiva de Jerusalén: tenían un solo corazón y una
sola alma, no había indigentes entre ellos, pues todo lo
tenían en común.