Durante las procesiones no son, ni cien ni mil, sino varios
miles de mujeres, todas las mujeres de Sevilla en la calle, a la
misma hora, con el mismo traje, la misma peineta, la misma
manta, los mismos claveles. Forman grupos de estatuas enlutadas,
perfumadas, que caminan, volviendo a soslayo los ojos
relampagueantes. La admiración vuela hacia ellas. Sonríen.