Santa María Bertila (Bréndola-Vicenza, 1888-Treviso 1922), de familia campesina, padre vicioso y madre virtuosa, supo desde muy niña lo que es trabajo y estrecheces económicas. De su madre aprendió a amar intensamente a Jesús, a quien todos los días de su vida oraba para que su padre se convirtiera al buen camino. Después de unos años de servicio doméstico, convencida de que Cristo la quería por esposa, tuvo dificultades en ser admitida en algunas congregaciones religiosas, por considerarla poco dotada. Pero Ana Francisca (su nombre de pila) insistió hasta lograr que le abrieran las puertas las Hermanas de Santa Dorotea de los Sagrados Corazones. El martiriologio romano dice de ella que "en su trabajo en un hospital se mostró solícita por la salud corporal y espiritual de los enfermos". efectivamente, María Bertila se entregó, con todas las fuerzas de su juventud y con el ardor del amor cristiano, a cuidar a todo tipo de enfermos y heridos de la Primera Guerra Mundial. Lo decía a las Hermanas su obispo diocesano cuando fue a verla, poco antes de morir: Vuestra Hermana es un ángel; yo me cambiaría ahora mismo por ella.