A comienzos de los setenta, en Palma de Mallorca, como en el resto de España, los uniformes militares y las sotanas empiezan a convivir con fulares de seda, chalecos floreados, pelo largo y sandalias de cuero. Son los símbolos de una nueva generación, la de los hippies, en la que todavía palpita el entramado invisible que ha dejado la Guerra Civil: saben que sus padres hicieron cosas malas, pero han decidido que ese no es su pecado, y quieren vivir construyendo para ellos, a base de música, amor libre, literatura y hash, una ciudad que se parezca a otras ciudades libres, como Londres, París o San Francisco. Esta es la historia de unos jóvenes que intentan introducir el pacífico caballo de Troya del mundo hippy en la cerrada estructura social y política de la etapa franquista. Pudieron hacer posible la utopía de una España con valores y cuando el sueño terminó, no fueron expulsados del paraíso, sino que lo abandonaron voluntariamente: se aburguesaron, naufragaron en las drogas o el sida, o se convirtieron en estatuas de sal ancladas a un tiempo pasado, el único que consideraban suyo, incapaces de impedir el desvío de los ideales que desembocaron en la España actual.