La oración y la Eucaristía eran el centro de su vida, y de esa unión íntima con el Señor nació una continua e incondicional entrega a su voluntad y un abandono a su Providencia amorosa, de la que, con su característica sencillez y obediencia, recibía todo como bien y don. Incluso los momentos difíciles los vivía con alegría, uniéndose con el Señor en Su Pasión. Ofrecía a diario por los hombres de Iglesia, de manera muy especial por el Papa, al que nos enseñó a amar y obedecer como cabeza de la Iglesia. Cualquier sitio o circunstancia era buena para hablar de Dios y ayudar a un alma directamente u ofreciendo por ella.