A lo largo de los últimos decenios hemos comprendido que no existe una única clave para interpretar la riqueza del movimiento cristiano. Todas las perspectivas han de ser tenidas en cuenta y ninguna debe absolutizarse. No obstante, hemos llegado al convencimiento de que nuestras sociedades, usos y costumbres poco tienen que ver con aquellas ciudades del Imperio romano en las que se desarrollaron las distintas misiones cristianas, y especialmente las dependientes del apóstol Pablo.