Las vivencias traumáticas que no se superan se transmiten de padres a hijos. El sufrimiento provocado por la Segunda Guerra Mundial sigue removiendo las heridas generación tras generación. Los niños ven el mundo con distintos ojos que los adultos. También observan de un modo distinto la guerra. No comprenden las desgracias de una contienda, las interpretan a su manera, las comprenden de forma distinta y de un modo que responde sólo a la verdad. En este libro no sólo hablan los niños de guerra alemanes, sino también los de Polonia, los de Francia, los de Inglaterra y los de la que entonces era la Unión Soviética. La visión de cada uno de estos pequeños, y la fuerza de sus testimonios construyen un nuevo escenario, una nueva perspectiva sobre el panorama europeo de aquellos años, sobre lo que significó ser niño en la guerra.