En Iban a la muerte como a una fiesta, el padre Plácido María Gil, nos narra -como testigo privilegiado que fue- uno de los episodios más sobrecogedores de la guerra civil en la que se desataron todos los demonios: el martirio de los monjes benedictinos de El Pueyo, Barbastro, la misma suerte que escolapios y claretianos, así como otros muchos sacerdotes diocesanos con su obispo.