En Galicia, en 1458, únicamente los temerarios, los locos o los que aún no han perdido la esperanza se atreven a recorrer en solitario los caminos, infestados de malhechores a sueldo de los nobles. No hay casa ni tierra segura: los despiadados señores feudales hincan, como halcones, las garras afiladas en sus vasallos y el sentimiento de agravio se extiende de un extremo a otro del país. Estevo, un joven siervo de la gleba que ha tenido que huir de su aldea, llega a Santiago de Compostela para aprender un oficio y sobre todo ser libre, pero el hambre y un callejón acaban pronto con sus ilusiones. En el destino soñado por peregrinos de todo el mundo anidan los rumores, las intrigas, las corruptelas y los juegos de poder. Las poderosas familias aristocráticas rivalizan, la cofradía de ladrones impone su ley a mendigos, a rateros y a prostitutas, pero ellos y la ciudad entera se inclinan ante el señor de la Tierra de Santiago: el intocable arzobispo don Rodrigo de Luna. Cuando este ejerce el derecho de pernada con la esposa del vasallo de un noble local, la indignación rebosa.