¿Quiénes fueron los monjes que, desde los desiertos de Egipto, dieron origen a una vida dedicada por entero a la oración? ¿Y aquellas comunidades medievales que preservaron el saber antiguo en sus scriptoria y sostuvieron a los más pobres? ¿Por qué, en pleno siglo XXI, tantas personas vuelven su mirada hacia monasterios que durante siglos fueron espacios de silencio? Durante más de mil años, la figura del monje ùeremita, cenobita o fraile predicadorù fue esencial en la historia de Europa. De los poderosos cluniacenses a los austeros cistercienses, de los franciscanos que revolucionaron la predicación a las congregaciones del siglo XIX que devolvieron esperanza a los olvidados, la vida consagrada moldeó la espiritualidad, la cultura y el paisaje social de Occidente. Los monasterios preservaron manuscritos, impulsaron la agricultura, atendieron enfermerías y ejercieron una caridad discreta que transformó comunidades enteras. Hoy, cuando los pilares culturales y espirituales de Europa se ven sacudidos por el relativismo y la pérdida de referentes, crece el interés por estos hombres y mujeres que abr